BLOG / Para estar menos sola

   Arte by Akino Kondoh

 

Por Ericka Staufert 

For there are purely mental smells that have no reality. 

– Djuna Barnes-

 

La amiga de Leticia está en la sala, desde ahí le platica los altibajos de su día mientras ella hace alquimia frente a la estufa, con una mano sostiene el pocillo metálico, con la otra remueve la pócima usando un palo de madera. Entretanto, Leticia se ha envuelto en su magia, en el ir y venir del espeso líquido que con placidez bate. La voz de la amiga ha desaparecido cuando en su mente surge una niña de diez años, tallando con frenesí y en secreto la rugosidad de su calzón de lona y diciéndose en un murmullo si resulta que me muero, mi mamá me vuelve a matar si dejo los calzones así.

Se llama Inés y ahora está tolerando una charla incómoda, con otra niña de su salón que le dice ¿A ti también ya te pasó?. ¿Qué?, el rostro, que ya de por sí habla de su timidez, se ha puesto colorado en las mejillas. La compañera le señala la mancha que Inés tiene en su trasero. No aguanta más y echa a correr. En su cabeza se agitan mil pensamientos, a uno se aferra: ella sigue viva, tal vez esto no mate a la gente.

Ante la inocencia de su mamá, Leticia sonríe; mas ahora en su mirar hay tristeza: su abuela ha encontrado a la niña lavando los calzones. Leticia no quiere observar los detalles, sólo ve las lágrimas descender a la boca tiesa de su mamá, su carita enrojecida por las cachetadas, la atención fija en la orden que le da su madre: de esto no se habla, esto es nada. Más le vale no decirle nada de esto a sus hermanas. Espéreme en su cuarto. Inés camina avergonzada y se acurruca en su cama, abraza las rodillas al pecho, pero está tranquila, porque después de tres meses esperando lo peor, ahora sabe que ese dolor y ese sangrado mensual no la van a matar, que de alguna forma es normal que a parte de la pipí, de su cuerpo salga sangre. Leticia siente alivio mientras revuelve su propio menjurje y ve la taza que su abuela lleva al cuarto de Inés. La madre se sienta en la cama, pasa la adusta mano sobre la frente de su niña, Inés ha aprendido a identificar la sequedad de tal gesto como una caricia; le entrega la taza y le dice se lo va a tomar lo más caliente que pueda.

La amiga continua narrando su día. En esa otra realidad que está creando, Leticia tiene once años y por primera vez le dice a su papá que esa tarde no lo acompaña al rancho; intuye que algo va a pasarle: en esas punzadas que siente en el vientre avisora cambios relevantes. En la suavidad de un suspiro se dice ahora llegará mi menstruación. Se deja perder en el contenido de ese pensamiento y sólo regresa a la cama cuando el dolor la hace gritar ¡mamita!. En la densidad del brebaje que prepara, Leticia ve de nuevo a su mamá entrar a su cuarto y piensa ella también sabía que ya me tocaba. Inés conserva la seriedad de su niñez en el semblante, la mirada penetrante y callada que ha heredado a su hija muestra compasión, su voz suena mecánica y distante cuando le dice a Leticia ¿ya verdad? Acuérdate todo lo que te expliqué; ya sabes dónde están las toallas y cómo ponerlas, la hija asiente con el rostro pálido y contraído, frente al cual la madre se sale de su profesionalidad de enfermera y ya la abraza, la consuela con sus caricias, le soba el vientre y limpia sus lágrimas. Espérame tantito hija, voy a hacerte un…

¡Amiga! Esa voz es un golpe que regresa a Leticia a su corporeidad. Qué rico huele amiga, ¿qué me estás haciendo?. La alquimista hace un esfuerzo por volver a su realidad física, mas responde oyendo la voz de su mamá: chocolatito con orégano, luego con las voces atemporales de su sangre le dice y te lo vas a tomar tan caliente como puedas.