BLOG / ¿Qué es quererse a sí misma?

 

 

 

Por Ericka Staufert Reyes

A Rita,

mi geminiana del reflejo encantador.

 

Hoy es catorce de febrero, lo que es decir que durante un día el mundo es un espacio donde se recuerda la importancia del amor y la amistad.

A lo largo de mi vida he tenido varias etapas con respecto a este evento mercadotécnico: durante mi secundaria invertí lo que en ese tiempo era una fortuna en chocolates, paletas, claveles blancos y alguna rosa roja; luego en mi prepa me vestí de negro como acto de protesta; en la carrera me enternecí cuando mi amiga Frisby nos regalaba panquecitos horneados por ella; y luego vino la apatía, el simple y llano obviar el festejo del amor y la amistad.

Este año y desde este espacio en Ixchel quiero hacer algo distinto. Quiero aprovechar el tema para compartirte algunas cosas que he aprendido sobre el amor que me tengo, lunera querida, desde que formo parte de la Colectiva Ixchel.

La premisa es sencilla: la primera persona a la que habríamos de querer es a una misma; pero ¿qué implicaciones hay en tal acción? Lo que me enseñaron es que eso significa no dejar que otras personas me lastimen… ok, ¿y qué más hay? Si profundizáramos en ese discurso, ¿qué acciones encontraríamos que representan tener amor hacia la propia persona? Mi tía me contestaría que es maquillarse para sentirse bien, yo agregaría que es cuidar mi higiene y mi salud; mi amiga Cristina diría que es sonreír al espejo cada mañana para sentirme cómoda en mi piel; ¿tú qué agregarías, lunera?

Te platicaré dos aspectos del amor que hacia mí siento y que he reflexionado desde que participo en Ixchel: respetar mi sabiduría y quitar las máscaras al espejo.

El conocimiento es una cosa y la sabiduría es otra

Quizá desde la filosofía aristotélica, atravesando por el pensamiento cartesiano y kantiano, exista la distinción entre conocer el mundo y saber el mundo, pero no sé porqué la hemos olvidado, ni porqué como sociedad hemos puesto la atención en el conocer, lo que nos conduce a honrar el conocimiento que podemos estudiar, medir y cuantificar, y a obviar la voz intuitiva que no podemos razonar.

¿Será esto un efecto de vivir en la Edad de la Razón, bajo el dominio del pensamiento del “hombre blanco occidental” y subyugades todes por el patriarcado? Una intuición me dice que sí, pero no tengo el conocimiento sociológico, ni histórico, ni filosófico para afirmarlo.

Lo que sí puedo afirmar es que quererse a sí misma es aprender a reconocer la valía de nuestra intuición, es decir, afinar el oído para escuchar la voz que nos viene de la sangre y de la conciencia, afinar el cerebro para actuar conforme la sabiduría que desarrollamos a lo largo de nuestra experiencia de vida. Cabe agregar: tanto hombres como mujeres tenemos esta sabiduría, porque ella no radica en el sexo ni el género, y sí radica en lo femenino que tenemos todes les seres humanes.

Quererse a sí misma, entonces, es respetarse tanto que podamos dar cauce a nuestras intuiciones y a nuestras emociones, porque éstas no pertenecen al dominio de la razón y del conocimiento, están ubicadas en la parte no racional de nuestro ser, y precisamente por eso a muchas personas nos han enseñado a restringir lo que sentimos: eso es no amarse. Negar las emociones que nos mueven, o que nos tumban, es no tenernos respeto, es rechazar una parte de nosotres que nos pertenece.

Quitar las máscaras al espejo

Me decía mi abuela que más me valía llevarme bien conmigo porque soy la persona con la que estoy todo el tiempo. ¡Ay pero qué difícil es conocerse! Pero también ¡qué delicioso es el camino que nos conduce a nosotras mismas!

El autoamor implica darnos espacio para intimar con nosotras –sí lunera curiosa, así como en lo físico como en lo espiritual-, soltar las amarras que nos atan a la percepción que los demás tienen de nosotras, vernos sin la mediación de las máscaras que hemos fabricado para funcionar socialmente.

He pasado largo tiempo contemplando mi rostro, viéndome sonreír y sintiendo lo rojo de mi cara por tanto llorar. Cada vez que me alejo del espejo me siento llena de la sabiduría de saber quién soy; y digo sabiduría, porque a nuestro ser no accedemos por el conocimiento, éste nos dice cosas prácticas que no nos llenan; nos dice: yo soy Ericka, soy mujer, soy escritora, fui abogada, soy hija, soy esposa… chalalá, chalalá, chalalá. Quien yo soy lo llevo prendido en mí, no lo puedo nombrar, no lo puedo señalar, sólo puedo saberlo.

Saber quiénes somos sin etiquetas, sin concepciones aprendidas, querida lunera, es el mayor regalo que nos podemos hacer: el de una travesía diaria que nos fortalece.

¡Felices sean tus días explorando el amor que te tienes!