BLOG / Ver para atrás, caminar hacia adelante

 

Mujeres. Germán Rubio

Por: Verdecolibrí

Que “los tiempos pasados son mejores” es una frase común de la nostalgia colectiva, la que no puedo aplicar al linaje femenino del cual provengo. Yo soy la primer mujer en cuatro generaciones que se emociona cuando nota los cambios hormonales que la conducen a renovar su interior, que ve en su naturaleza un regalo para conectar consigo misma y que ha cambiado su lenguaje para representar todo esto; para mí la menstruación no es la regla, es “mi luna”, mi oportunidad mensual para renovarme y profundizar en mi ser mujer.

Dentro de la cultura que provengo -mexicana, matriarcal machista- la menstruación es vista como sufrimiento, un regalo maldito de un dios que ha castigado la curiosidad; en mi familia ha sido motivo para que los hombres se espanten de las mujeres y las hagan sentirse sucias. Para mis antecesoras menstruar era un sufrimiento que las atosigaba y que les inspiraba odio hacia los hombres, porque a causa de renovar su endometrio ellos las repugnaron.

El primer relato que conozco en mi familia -que no el primero que hubo, de eso estoy segura, porque la idea de la menstruación está tergiversada en mi sociedad desde un tiempo que no se puede determinar- es de cuando mi bisabuela, una viuda a cargo de un rancho y de dos hijas, casó a su hija mayor en los días de su luna, es decir, a mi tía abuela le tocó vivir su noche de bodas menstruando. Una boda en aquellos ayeres era muy diferente a como es ahora, pues las mujeres se casaban sin saber a lo que iban, desconocían en qué consiste el sexo, cómo se vive en unión con un varón; lo único que se sabía era que estar casada era requisito para una vida segura y respetable, lejos de la murmuración, y que la voz del marido, con sus órdenes y sus deseos, era la única que se podía escuchar en la familia.

Cada vez que imagino esta anécdota familiar me quedo anonadada, pues reflexiono acerca de la ignorancia de los supuestos tiempos mejores, en los que mi tía abuela vivió la noche más difícil de su vida -la que en el imaginario colectivo debería ser la más feliz de todas las noches-, porque lo que sigue en la historia de mi antecesora es que pasó los primeros momentos de su matrimonio soportando los vituperios de su esposo, que le reclamaba a manotazos que estuviera rota; puedo escuchar su enojo y ver su cara roja gritando “¡me vieron la cara de pendejo!, ¡¿cómo pagué por una yegua mala?!”

En la madrugada el esposo regresó a la novia a su casa. Mi bisabuela se tapaba la cara y se enrollaba en su chal atiborrada de vergüenza; haciendo un esfuerzo sobrehumano, que venció todo su recato y la llevó a ofrecer una novena a la virgen para limpiar las impurezas que brotaron de sus labios, le explicó al yerno que eso que aquejaba a su esposa es algo inevitable, un padecimiento que aqueja a las mujeres y a los hombres no les queda más que esperar a que pasen esos días.

El matrimonio de mi tía abuela quedó marcado por la experiencia que acabo de relatar: llevó sobre sí el desprecio de su esposo, que nunca confió en ella y que se le dirigía para lo mínimo indispensable, y el desdén de sus dos hijos, en los que por medio del silencio se propagó el resentimiento del padre.

Cuando a mi abuela le llegó el tiempo del casamiento se confirmó la idea que ronda en Cien años de soledad: la vida se mueve en círculos, porque también a ella le vino en suerte casarse durante su luna y su historia no fue muy diferente a la de su hermana. En esas circunstancias, en las que parecía que la vida se ríe de las personas, mi bisabuela -mujer de estrechos horizontes, ya por haber nacido en 1920, ya por haber desarrollado toda su vida en un rancho- se esforzó por hacerles frente: se llevó a cabo la parafernalia de la boda, cuando se terminó el evento le informó al esposo que no le podía dar a su mujer hasta pasadas tres noches. Troya volvió a arder. Mi abuelo, que en mi imaginación ya estaba pasado de ebrio, se encabronó y exigió que le dieran a su mujer soltando balazos al aire, pero mi bisabuela estaba determinada a que las cosas fueran diferentes para su hija menor y no cedió a los injurios.

Pese a los esfuerzos de su madre, mi abuela entró derechito a un matrimonio marcado por la desconfianza, de tal forma que encontró en su nuevo hogar a un esposo indignado e iracundo, que sentía su hombría mancillada y que vivió el resto de sus días con el pienso de que le habían dado una esposa impura, a la que otro hombre desvirginó los primeros días de su matrimonio. A consecuencia de toda esta experiencia, mi abuela percibió a los hombres como seres en los que no se puede confiar, porque son incapaces de comprender a las mujeres.

Es fácil comprender que mi mamá creciera en un ambiente donde las mujeres tenían el papel de servir a los hombres comida cuando ellos lo pidieran, siempre viendo a su papá con la cabeza inclinada, como también entender que mi mamá aprendiera de mi abuela y de mi tía abuela que a las mujeres les corresponde arreglarse la vida porque los hombres se las descomponen, por medio del desprecio que les tienen y la vergüenza que les generan.

Cerca de entrar a sus treinta años mi mamá conoció a Felipe y se casó con él. Fue como un designio dulce de la vida que ese hombre llegara a la familia Enríquez -el apeído que lleva mi madre-, porque ahí fue cuando comenzó la sanación de nuestro linaje: mi papá le ayudó a mi mamá a entender que los hombres son nuestros aliados, no enemigos, en nuestro camino por la vida; en él mi mamá se dio cuenta que no sentía vergüenza en su presencia: había encontrado un hombre que reía con ella y la impulsaba a hacer la vida que ella quería.

De tal forma que mi madre fue quien comenzó a romper con esa percepción que permeó la vida de nuestras antecesoras. Claro que algo de ese recelo en los hombres me ha llegado a mí, pero también yo hago mi parte por limpiar las heridas que han sido provocadas por el desconocimiento y la repulsión a nuestros cuerpos.

Al igual que mi mamá, tuve la suerte de encontrar un hombre respetuoso y risueño, tan curioso como yo hacia los detalles de la naturaleza, que comparte conmigo los talleres de anticoncepción natural y cada novedad que me encuentro en internet y en los libros sobre cómo ser una con mi cuerpo, que me apoya en mi labor por derribar los tabúes y paradigmas que hicieron miserables las vidas de mi bisabuela, mi tía abuela y mi abuela.

Me siento afortunada de vivir en el siglo XXI, un momento en el que las estructuras que restringieron a las mujeres van cayendo, lo que nos permite, tanto a hombres como a mujeres, relacionarnos con nuestra naturaleza de una forma más libre que en el pasado y más aún, un siglo que es el tiempo de revolucionar las mentes y con ellas al mundo.